Relato de ciencia ficción.

Para ti querida Susana, que estarás

en el lugar elegido para quienes, como tú, tienen

 dos corazones para amar.

Para Gloria.

El hombre que tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo.

Alain Émile Chartier


            Pocos, por no decir nadie, comprobaron esa noche de agosto, como un punto luminoso parecía caer desde el cielo como una gran gota de lluvia. Aunque no lo fuera se le parecía mucho, era similar a una bola roja, casi incandescente que dejaba tras de sí un rastro rojizo en el descenso, tornándose azul para después convertirse en una estela blanca y corta. Esa gota roja cayó en las instalaciones industriales de Solo Descanso, fabricante de colchones, almohadas y otros elementos necesarios para el descanso.

            Las edificaciones fabriles se encontraban a pocos metros del mar Mediterráneo, al lado de un polígono industrial cercano a la ciudad de Málaga. La mañana del martes, cuando el responsable de seguridad descubrió un agujero en el techo de la nave, de un tamaño similar a una pelota de tenis, mandó llamar inmediatamente al responsable de mantenimiento. Aquel propuso su inmediata reparación. Existían avisos de una tormenta de verano acercándose rápidamente a la zona, y tener una gotera podría estropear el silo donde se almacenaba la fibra utilizada para la fabricación de almohadas.

            La lluvia rompió la tranquilidad poco antes de ocluir el agujero, por lo que no pudieron impedir que algunas gotas de agua se mezclaran en el silo de la fibra. Solo fueron unos minutos y poca el agua introducida. El responsable de mantenimiento no consideró oportuno incluir la incidencia en el parte de trabajo. A primera hora de la mañana siguiente y, como siempre, el gerente de fabricación facilitó los partes de trabajo para la jornada y de inmediato toda la maquinaria del complejo industrial comenzó a funcionar.

            El silo donde almacenaban la fibra para la confección de almohadas, comenzó a desalojar la cantidad necesitada por cada una de las maquinas. Los trabajadores iniciaron los pasos necesarios para la fabricación inicial, para después ver caer cada unidad, en una lámina sinfín donde aplicaban una serie de claves, entre las que se incluía la fecha de fabricación, lote, tamaño y un incontable número de anotaciones, hasta introducirse en las cajas donde descansarían para salir en dirección a los distribuidores y de éstos a los compradores finales.

            El director de la firma, hijo único del fundador de la fábrica, no estaba muy convencido de cumplir la promesa hecha a su padre antes de que expirara, continuar con la fábrica dando trabajo a más de cuarenta familias. Trabajadores que junto a él construyeron Solo Descanso. Él, como actual propietario y gerente, no podía considerar a los trabajadores como hiciera su padre, iguales, compañeros y amigos, a quienes debía ayudar en los malos momentos. Todos, sin distinción eran sus empleados, nada más. Ellos aportaban su esfuerzo y obtenían la contraprestación mediante un sueldo.

            El terreno que ocupaba la fábrica dentro de la amplia finca, significaba solo un cincuenta por ciento de ella. Su padre no solo construyó la vivienda que actualmente ocupaba, donde continuaba viviendo muy a pesar suyo, también mandó construir varios edificios, con amplias y bien dotadas viviendas para quienes quisieran ocuparlas previo pago de una simbólica cantidad. La mayoría de sus trabajadores aceptaron la propuesta y las ocuparon. Él por supuesto, no tenía intención de continuar con esa filosofía.

            La incidencia de sus productos en el mercado era mínima, solo algunos hoteles, dos hospitales y algunas tiendas de cuatro ciudades, además de los distribuidores en cada una de las capitales importantes, mantenían la línea de pedidos, sin embargo, cada vez las solicitudes eran menores.

            Ante los malos resultados y la poca penetración en el mercado exterior, Antonio Beres hijo, se dio un plazo para liquidar la empresa. Si al finalizar ese ejercicio no obtenía al menos un resultado superior a un 5% respecto del anterior, propondría el cierre de la fábrica y posterior venta del terreno incluidas las instalaciones. La parcela ocupaba la parte derecha de la calle dividiendo el polígono industrial, solo que no le pertenecía a él. Su situación era singular, tanto que su padre rechazó las ofertas de algunas inmobiliarias para construir, bien un complejo comercial, o una urbanización de viviendas unifamiliares, dada la cercanía a la autopista del aeropuerto y a una de las principales playas de la ciudad.

            Acabó el mes de agosto y nada más comenzar septiembre, algo le hizo modificar el plan establecido. El número de pedidos aumentó de forma considerable. Los distribuidores llamaban preocupados, debían entregar cientos de peticiones de almohadas fabricadas por la empresa Solo Descanso. El volumen de ventas aumentó exponencialmente cada mes, al llegar diciembre, era tal el beneficio, que no tuvo más remedio que reunirse con una agencia de publicidad para lanzar una promoción especial de Navidad en la que al comprar un colchón se obsequiaba con una almohada.

            No entendía el mercado y aún menos a la gente. De repente la marca creada por su padre, de estar a punto de fenecer, a punto de obligarle a vender la fábrica, ahora le permitían ampliarla, aumentar la fabricación y dar respuesta al amplio número de peticiones que comenzaban a llegar del exterior.

            Los competidores no sabían a que debía el éxito, incluso llegaron a reunirse con Beres hijo, a fin de establecer un acuerdo que les permitiera seguir en el mercado. Lo aceptó, pero los consumidores no querían otra marca, reclamaban la marca Solo Descanso. Única y exclusivamente la almohada y colchón distinguidos por la fábrica que iniciara Antonio Beres, padre.

            Los ocupantes de las viviendas construidas por su padre dentro de la parcela de la fábrica, tuvieron que desalojarlas para dar paso a nuevas construcciones, almacenes y muelles de carga. No tuvo problema alguno, llegó a un acuerdo con ellos y un mes después las maquinas aplanaron la zona de las viviendas, para ser sustituidas por varias naves donde almacenar almohadas y colchones.

            Sin la presencia de Antonio Beres hijo, el resto de fabricantes nacionales y algunos extranjeros, se reunieron para analizar con detenimiento las características contenidas en los productos de Solo Descanso. No llegaron a descubrir nada especial, analizaron composición, textura, suavidad, tendencia a descomposición mediante frío o calor. No llegaron a distinguir nada específico que sobresaliera. Mediante diversos procesos de análisis, lograron aislar una partícula diferente respecto a las fibras utilizadas por ellos, su composición era desconocida, aunque solo aparecía en las mezclas manejadas en la fabricación de almohadas, al fin y al cabo, era el producto insignia. Ahora y bien aconsejado por sus especialistas en marketing, solo se vendía si iba acompañada por el respectivo colchón, ambos con la marca Solo descanso.

            La competencia no resolvió nada, ni siquiera dio la importancia que aquello podía merecer. Los análisis y sus resultados quedaron archivados en un laboratorio, quien los realizó, los olvidó hasta transcurridos seis meses.

            Mientras tanto en un pueblo costero, al norte del país, dos mujeres sesenta días atrás, habían discutido sobre quien merecía quedarse con la última almohada Solo Descanso existente en la tienda.

—Yo entré primero —dijo una de ellas.

—Ya, pero yo la estoy esperando desde hace un mes, fecha en que la solicité a Juancho —dijo la segunda.

—De acuerdo, tendrás razón, no lo discuto, pero tengo tanto derecho como tú a disponer de esa almohada. Mi dinero es tan bueno como el tuyo ¿No es así? —dijo dirigiéndose al responsable de la tienda.

—Desde luego. Pero por favor no discutan. Tengo pedidas cincuenta almohadas más, y me han dicho que mañana estarán aquí.

—Pues decide quien de las dos se lleva ésta —señaló la primera mujer.

—Pues sintiéndolo mucho debo pedirla que espere al próximo pedido, esta será para ella —respondió señalando a la segunda.

—Está bien. Como quiera, pero conste que no volveré a comprar nada en esta tienda —refrendó malhumorada—No tiene derecho a llevarse mi almohada. Se arrepentirá de ello.

—No se ponga así, mañana  vendrán más y tendrá la suya.

            La mujer no respondió, ni siquiera miró a quien acababa de convertirse en propietaria del último ejemplar de Solo Descanso.

—No debería haberse puesto así —dijo nada más salir del establecimiento.

—Qué le vamos a hacer y eso que mañana estarán aquí.

—Estaría encaprichada.

—Seguramente.

—Bueno, te pago y me la llevo.

—Muy bien, la empaquetaré.

—Gracias Juancho.

            Abandonó el establecimiento Sueños y llegó a su casa. Por la noche tanto ella como su marido, descansaron la cabeza sobre aquella almohada marca Solo Descanso.

            Dos meses más tarde ambos esposos cayeron cansados sobre la cama. El sueño del hombre era pesado, desafiaba al silencio de la noche traspasando posiblemente las paredes del cortijo, claro que estaban retirados y nadie podía escucharlos. La mujer ya estaba acostumbrada y como cada noche, introducía unos tapones de silicona en sus oídos evitando escuchar los gruñidos, que no ronquidos, de aquel oso que tenía por marido.

            Al cabo de dos horas, cuando ambos estaban completamente dormidos, el hombre se despertó a consecuencia del hormigueo producido por algo sutil y minúsculo que rondaba por su cabeza. Inicialmente descansaba sobre el lado derecho, como su cara, después el izquierdo y por último boca arriba, mirando al techo. De esa forma llamaba al sueño. Era cuando la cabeza se hundía en la almohada que parecía acariciarlo cada noche. Aquella no fue así, las caricias se mutaron en minúsculos pinchazos, tanto en la cara como en el resto de la cabeza, se movió, levantó y encendió la luz tratando de averiguar que ocurría. ¿Habrán sido las dos copas de pacharán que tomé después de la cena? ¿Tal vez el café? No tuvo respuesta. Se levantó, los picores y pinchazos continuaban. Se acercó hasta el cuarto de baño, encendió la luz y se acercó al espejo. Al verse gritó, lo hizo con desesperación. Sobre la mejilla derecha y moviéndose hacia la frente, pasando por el ojo, pudo comprobar miles y miles de puntos diminutos y blanquecinos moverse mientras parecían picotearle la carne. Se mojó la cara tratando de serenarse, pero eso no hizo más que incrementar el dolor y disipar las fuerzas para moverse. Poco después fue relajándose de tal forma, que cuando volvió a mirarse en el espejo, su cara parecía más un esqueleto sanguinolento mientras los ojos aún permanecían dentro de sus órbitas. La frente solo era hueso y los cabellos habían desaparecido, como las orejas. Gritó, gritó cuanto pudo, nadie le escuchó.

            Se miró las manos y resto del cuerpo, comprobó que aún seguían allí. En un instante creyó se trataba de una pesadilla. Abrió la puerta del baño y en dos pasos se acercó hasta la cama donde dormía Alicia, su mujer. Se asustó aún más. Su rostro era una copia exacta del suyo, solo huesos sanguinolentos. Los tapones de silicona descansaban sobre la almohada y su cuello empezaba a diluirse lleno de puntos blancos como los que circulaban por su cara. Tomó su mano con la poca fuerza que le quedaba y trato de despertarla, pero ya era tarde. Tuvo que soltarla, estaba fría. Intentó acercarse a su pecho para escuchar su respiración, pero al poner su cabeza en él se percató de la inexistencia de oreja con que escuchar. No pudo echar lágrimas, ni siquiera tenía lagrimales, solo los globos oculares en las orbitas. Se quedó mirando, aguantando el dolor producido por aquellos minúsculos puntos blancos. Se recostó al lado de su esposa y en esa posición los encontraron ocho días después.

            Dos esqueletos, uno tumbado sobre la cama, el otro con los huesos de lo fueron brazos, sobre el primero y la cabeza sobre ellos. Uno de los policías dijo: Esta gente dormía sin almohada, que raro en estos tiempos ¿te has dado cuenta?

            La mujer que disputó la almohada días atrás fue detenida e interrogada como sospechosa. Sin embargo nada pudieron probar las autoridades. Dos días después regresaba a su casa diciendo entre dientes: les está bien empleado por quedarse con mi almohada.

            La vida comenzó a ser más ilusionante para Antonio Beres hijo. La fábrica no solo se mantuvo activa, sino que con la ampliación copó el noventa por ciento del mercado mundial de almohadas. Las exportaciones superaban el ochenta por ciento de su fabricación, dado que el mercado interior estaba saturado.

            Acompañado por el jefe de laboratorio, quiso conocer los componentes moleculares de las fibras utilizadas, deseaba saber con exactitud el motivo de su inesperado éxito, sin embargo minutos antes, una llamada telefónica le invitó a ser razonablemente sensato y precavido.

—¿Señor Beres?

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Soy el antiguo jefe de laboratorio de un excompetidor suyo, me gustaría comentarle algo personalmente. ¿Puedo acercarme por su despacho?

—¿Ha dicho antiguo?

—Sí señor, no tengo trabajo, hace meses que cerraron la fábrica.

—¿No vendrá a pedirme trabajo?

—No, no señor.

—Si se da prisa podemos vernos, dentro de dos horas salgo en un vuelo para Italia.

—No tardaré más de diez minutos en llegar.

—Le espero.

            Al cabo de un cuarto de hora, Wenceslao Piñate estrechaba la mano de Antonio Beres.

—Siéntese y cuénteme, por favor.

—Cuando cerraron la fábrica Pindolin, antes de marcharme definitivamente, recogí la historia de todos mis análisis de fibras, fundamentalmente por cariño. Entre ellos dos cajas conteniendo muestras de todos los realizados hasta entonces. Lo hice con la necesaria y absoluta autorización de mis superiores.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Hace unos días y para entretenerme, me encerré en mi estudio, con un pequeño laboratorio. Lo utilizo como escape a mi intelecto, hasta conseguir otro trabajo y no perder el hábito de analizar.

—¿Quiere por favor ir al grano?

—Sí. Sí señor. Bien, pues descubrí, al volver a analizar la muestra de fibra que contienen sus productos, que ésta ha modificado su estructura molecular.

—¿Qué quiere decir?

—Señor Beres, la fibra que utiliza para fabricar sus almohadas, está viva.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Sí señor, está viva, sus moléculas vistas a través del microscopio, tienen movimiento.

—¿Lo ha comentado con alguien?

—No señor, he querido que fuera usted el primero en conocer mi descubrimiento.

—Déjeme pensar. No puedo cancelar mi viaje a Italia, salgo dentro de un momento, pero si le parece, nos acercaremos a la Dirección de Relaciones Industriales para que le hagan un contrato desde primero de mes con nosotros, por un año. De esa forma, cuando se incorpore a mi regreso, tendrá a su disposición nuestro amplio laboratorio ¿Le interesa?

—Pues claro que si Señor Beres.

—Ahora bien, necesito su palabra de que cuanto ha descubierto hasta el momento, no será comentado con nadie. Ni siquiera con mi actual jefe de laboratorio.

—Por supuesto. Puede incluir una cláusula de confidencialidad y penalización en el contrato, si lo considera necesario.

—No es preciso. Vayamos, cuanto antes acabemos antes podré salir para Italia.

—Gracias señor Beres.

—Le llamaré cuando regrese y hablaremos antes de incorporarse. Le repito, no debe comentar nada a nadie.

—Tenga la absoluta seguridad de ello.

—Eso espero, de lo contrario no le ofrecería esta cifra —dice mostrándole una serie de dígitos puestos sobre un sobre.

—Es maravilloso. Mi mujer se pondrá muy contenta.

—Acabemos y regrese a casa para que pueda invitarla a cenar, el gasto corre de mi cuenta. Tenga —señala ofreciéndole unos billetes.

—No es necesario.

—Lo sé, pero quiero invitarles.

—Gracias de nuevo señor Beres.

            Wenceslao se retiró con la carpeta donde guardaba las anotaciones hechas en su laboratorio. Esperó en la puerta del recinto hasta que encontró un taxi para regresar a casa. A su mujer solo quiso comentarle que en quince días, volvería a trabajar y esa vez con el fabricante número uno de almohadas y colchones. Se invitaron a cenar en un lujoso restaurante y como ambos eran jóvenes, cuando regresaron, decidieron meterse en la cama para descansar y disfrutar del apetecible sopor producido por el cava. Al cabo de dos horas, y mientras ambos soñaban despiertos enlazados por las manos, y dejaban que solo la luz de la luna cubriera sus cuerpos desnudos, se despidieron ofreciéndose un abrazo prolongado para sellarlo con un beso. Después cerraron los ojos.

            Antonio Beres, adelanta el regreso de Italia, ha cerrado un complicado contrato con unos distribuidores italianos, especializados en mercado de oriente próximo. Después de firmarlo, piensan ofrecerle unos tranquilos días en una maravillosa villa de la Toscana, en compañía de una impresionante representante de la belleza femenina italiana. Sin embargo rechaza la oferta pese a ser un hombre soltero y no tener compromiso alguno. Su actual preocupación no le permite quedarse más tiempo, mientras la duda e intranquilidad amenazan su cerebro, y todo ello personificado en las palabras escuchadas a Wenceslao Piñate, las moléculas tienen movimiento.

            Se despide de sus nuevos distribuidores y regresa cuatro días antes a Málaga. Como siempre recibe a sus ejecutivos, incluido el gerente de fabricación. Conoce que la industria va como suele decirse, viento en popa. Actualiza la información recibida y después de pedir un café, se sienta frente a la mesa de despacho, toma el teléfono y a través de la línea privada, marca el número de Wenceslao. Lo deja sonar repetidamente sin recibir respuesta. Así se mantiene toda la mañana, pensando tal vez que lo mejor será visitarle personalmente y avisarle para su incorporación. Quizás se ha marchado unos días fuera de la ciudad —piensa— Deja nota de su salida y toma el coche que conduce hasta la dirección donde vive.

            No encuentra lugar con sombra donde dejar el vehículo. Se baja y camina hasta el número 11, primer piso, letra B. No tropieza con persona alguna, no solo en la calle, sino en el propio edificio. No sospecha la razón. Al situarse frente a la puerta para pulsar el timbre, ve una nota sujeta con cinta adhesiva transparente, en la que aparece un sello judicial.

Prohibida la entrada a esta vivienda por orden judicial. Si alguien lo hiciera deberá contactar inmediatamente con el servicio judicial señalado en el siguiente número de teléfono. Del mismo modo, si hubiera tenido contacto con alguno de los ocupantes de la vivienda, deberá llamar al señalado número y permanecer sin contacto físico con otras personas hasta ser recogido por uno equipo especial.

            Antonio Beres siente un escalofrió recorrer todo su cuerpo. Cuando se recupera, le aparece un temor incontrolable. Mira con atención la puerta y descubre que una cinta ancha con palabras en color verde, oculta cualquier posible rendija de la puerta. Sin separarse y con cierta duda en sus dedos, saca el teléfono y marca el número de la nota.

—Estuve en contacto con uno de los habitantes de la vivienda del primer piso, letra B, del número 11 de la calle Maestro Vives. Ahora mismo estoy frente a la puerta de dicho piso.

—Espere un momento por favor, haga el favor de no moverse de ahí.

—Claro.

—Señor, dígame su nombre y apellidos, ahora mismo sale un coche con dos técnicos que hablaran con usted. Le repito,  no se mueva de ahí, por favor.

—No entiendo.

—No se preocupe, en unos minutos le darán toda la información posible. Gracias por su llamada.

            Quince minutos más tarde cuatro hombres con una escafandra blanca, un mono y botas del mismo color, cerrados herméticamente, se presentan frente a él. Las manos van encerradas en unos guantes pegados al mismo traje. Advierte que posiblemente le aislarán. Una voz le habla desde el interior de uno de los trajes.

—Soy el Juez Marcos Palerin y ellos tres, agentes, técnicos en aislamiento y contaminación. ¿Cómo ha conseguido entrar en el edificio?

—Por el portal.

—¿No había una nota prohibiendo el paso?

—No señor.

            Mientras hablan, dos de los hombres van pasándole una especie de detector sobre el cuerpo mientras emite un zumbido sordo. Al acabar, uno de ellos extrae un spray de un maletín y lo pulsa extendiendo su contenido en las manos de Antonio Beres.

—Señor Juez, no está contaminado, podemos abrir los trajes y salir de la zona.

—De acuerdo señor Beres, acompáñenos a la calle.

—Claro.

            Salen a la calle y después de dar las oportunas órdenes para volver a colocar el cartel de prohibido entrar por orden judicial, retiran sus trajes. Los tres agentes esperan a unos metros mientras el Juez habla con Antonio Beres.

—¿Qué ocurre?

—Espere, antes deberá contestar una serie de preguntas.

—Naturalmente.

—Usted dijo al llamar por teléfono, que estuvo en contacto con alguien de la vivienda. ¿Es cierto?

—En efecto, siempre que se trate de la vivienda de Wenceslao Piñate.

—Lo es.

—¿Cuándo vio al señor Piñate?

—Hace doce días. Estuvo en mi despacho. Hablamos y le contraté para incorporarse a mi fábrica dentro de unos días. Regresé antes de lo previsto, le llamé y al no responder quise visitarle.

—Entiendo señor Beres.

—Entonces no se preocupe.

—¿Cómo?

—Que no se preocupe.

—¿Por qué?

—Para estar contaminado, el contacto debería hacerse producido hace seis días.

—¿Puedo saber la razón?

—En realidad no. ¿Conocía a Wenceslao Piñate?

—Ya se lo he dicho, solo desde hace unos días, me dijo que trabajaba en una empresa de mi competencia que cerró. Vino a pedirme trabajo y se lo di. Nada más.

—¿Qué puesto le ofreció?

—Aun no lo habíamos determinado. Debíamos hacerlo a su incorporación.

—Comprendo.

—¿Conocía a su esposa?

—No señor.

—¿Vino antes a la vivienda?

—No señor. Es la primera vez que la visito ¿Puede por favor decirme que ocurre?

—En realidad no. Creemos, pues aún no hemos podido averiguarlo con exactitud, que Wenceslao y su esposa están muertos.

—¿Cómo?

—Unos vecinos llamaron a la policía local quejándose del fuerte olor que desprendía la vivienda. Vinieron y llamaron, no respondieron y tras obtener una orden mía, entraron y encontraron dos cadáveres descompuestos, en realidad lo que quedaba de ellos, sobre la cama. La policía judicial analizó la habitación y encontró unos restos lechosos desconocidos. Entonces di orden de aislar la vivienda y el edificio evitando pudieran contaminarse de algo que no conocemos. De ahí la nota que leyó y nuestra presencia aquí.

—¿Dice que no han podido identificarlos?

—Eso es. No queremos analizar nada, hasta estar seguros de lo que significa la sustancia lechosa. Mientras tanto debemos esperar para comparar el ADN con algún familiar del matrimonio Piñate.

—Comprendo. ¿Puedo marcharme?

—Naturalmente, pero me va a permitir conservar su número de teléfono, por si necesitamos hablar con usted de nuevo.

—Por supuesto Señor Juez. Tenga —dice ofreciéndole una tarjeta.

—Gracias. No sabía que era usted el fabricante de la almohada Solo Descanso. En mi casa también tenemos sus productos, son estupendos. Yo no quería, pero mi mujer se puso pesada y hace dos días compramos un colchón y tres almohadas.

—Me alegro conocer a otro de mis clientes.

—Y yo al fabricante.

            Antonio Beres se siente mal, de repente tiene la sensación de estar sucio. Camina en busca del coche, se mete y tras poner el regulador del aire a la máxima potencia, sale en dirección a su casa. Se desviste y tira a la basura la ropa, incluida la corbata, luego se ducha restregándose con un cepillo. Tras llenar un vaso con licor, lo toma y espera hasta la hora del almuerzo tumbado sobre la cama, recostando la cabeza sobre uno de los almohadones. Por la tarde vuelve a su despacho, atraviesa el camino hasta el edificio de oficinas y vuelve a la otra realidad.

            Sin embargo, muy pronto las noticias surgidas en diferentes zonas del país, así como de aquellos donde exporta sus productos, le hacen vivir otra diferente, preocupante y en cualquier caso desesperante, no obstante, continua con su vida.

            Antonio Beres mira con detenimiento los ratios de ventas de los meses precedentes, pero sobre todo los beneficios que obtiene. Al ser una sociedad unipersonal, no tiene que dar cuenta a accionistas, no los tiene, ni a un consejo de administración, solo la dirige el. Siempre quiso hacer algo especial. Recuerda las consecuencias nefastas que una falta de previsión puede ocasionar en la economía de una empresa, o una mala decisión. También vienen a su mente los resultados equivocados, la pérdida de efectivo y sobre todo la idea que crecía en su mente. Debe vender la sociedad ahora que está arriba, en lo más alto, dominando el sector. Cualquier multinacional dará una importante cifra por todo aquello que inició su padre y él ha puesto en la picota del sector empresarial al que pertenece.

            A partir de ese instante se dedica a contactar con los mejores agentes de trasmisiones, alguien que luche a la hora de convenir la mejor venta. Por fin, y al cabo de quince días, contacta con uno de los mejores asesores financieros, un francés llamado Lorenç Travigni, afincado en Paris. Viaja para verle y contratarle. Regresa y espera resultados.

Un inspector de policía acompañado por dos agentes se acerca a un hotel de Malmö, una pequeña ciudad de Suecia. Es pequeño, tan solo tiene treinta habitaciones distribuidas en cinco plantas. En la primera un restaurante acogedor, en la baja, una cafetería, el vestíbulo de recepción y el despacho del director del establecimiento. Este le recibe enseguida.

—Escuche inspector, hace dos meses cambiamos todos los colchones, pusimos toda la lencería nueva y aprovechamos para poner también almohadas nuevas, es decir, lo necesario para que nuestros clientes se encuentren satisfechos. Sin embargo hoy cuando el personal ha iniciado la limpieza de las habitaciones, nos hemos encontrado con la desagradable sorpresa de que todos nuestros clientes han desaparecido llevándose las almohadas.

—No entiendo. ¿Es esa la razón de su llamada?

—Naturalmente. Quince habitaciones no solo se han marchado, sino que se han llevado como le he dicho, las almohadas. Quiero que les obligue a pagar su costo, cuando regresen.

—¿Cómo? ¿No dice que han desalojado la habitación?

—No inspector. Han debido marcharse de excursión, no sé, a pasar el día fuera, no puedo permitir que mis clientes se lleven algo propiedad del hotel. Pagan por disfrutarlo, pero aquí, y no fuera. Llevárselo implica un uso indebido de cuanto ponemos a su disposición, además, suelen dejarlo sucio, hacen un mal uso. Ya lo han hecho en otras ocasiones. Cómo comprenderá no estoy dispuesto a tolerarlo de nuevo, por eso he pedido su presencia.

—¿Entonces no han pagado facturas?

—No, aún no. Sus pertenencias están en la habitación, algunas con desorden, pero allí continúan.

—No es ese nuestro cometido como policías, pero intentaremos estar presentes para que al regresar evitemos algún incidente.

—Se lo agradezco sinceramente inspector. Puede tomar algo en nuestra cafetería mientras esperan, yo continuaré comprobando las habitaciones, algunas están hechas un verdadero asco, hay colchones en los que han debido dejar caer alguna sustancia blanquecina que es imposible retirar.

—Puedo comprobarlo servirá para apoyar nuestra intervención.

—Adelante, subiremos a las habitaciones de la última planta.

            El director retiene al personal de limpieza evitando que los acompañen en las visitas a las habitaciones. Al entrar en la primera de ellas, el inspector nota de inmediato un extraño olor dulzón mezclado con otro repugnante, similar al que en una ocasión descubrió en una investigación sobre la desaparición de dos reses, que encontraron un caldo fétido, habían caído en un antiguo vertedero donde se abandonó algo semejante a sosa cáustica. Elemento que sin duda facilitó su descomposición. Ahora se tapa la nariz y boca con un pañuelo mientras comienza a revisar el colchón acercándose cuanto puede, pese al repelente olor. El director del hotel hace lo propio, se arrima a la puerta para reclamar la presencia de las limpiadoras. El inspector se lo impide. Regresa junto al inspector y ve como el policía retiene su mirada en dos huellas sobre el colchón, muy similares a las que dos personas se hubieran concedido para descansar, aunque separadas.

            Después de unos minutos, abandonan la habitación para volver acompañados por dos agentes provistos de cámaras de fotos. Tan pronto acaban de hacer las instantáneas, van cancelando la habitación con una cinta de plástico impidiendo su entrada con frases prohibitivas incluidas en dicha cinta. El director se dispone a preguntar al inspector la razón de aquello, pero se le adelanta para decir.

—Creo que sus clientes no regresarán al hotel y tampoco recuperará sus almohadas.

—¿Por qué?

—Todos están muertos, los líquidos que hemos visto sobre los colchones, no son otra cosa que sus restos mortales.

—Pero, es imposible.

—Nada es imposible. Mandaré llamar a la brigada especial y créame, dudo mucho que pueda continuar con el establecimiento abierto. Le recomiendo trate de convencer a quienes continúen en él, que lo abandonen. Lo mismo que sus empleados, pero claro, tendrá que esperar a que mis compañeros decidan lo más conveniente. Mientras tanto piense en ello.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. No estoy seguro, pero sí que es algo importante, crudo y muy especial. Tal vez tendrán que quedarse en cuarentena.

—¿Inspector?

—Lo sé, pero es así. No se le ocurra dejar salir a nadie de aquí. Voy a pedir a mis agentes apostarse en las salidas del edificio.

            Durante los siguientes tres días, el hotel cerró. Todos sus empleados y viajeros mantenidos en cuarentena hasta determinar lo ocurrido. Nadie supo explicar debidamente la causa por la que veintiocho personas desaparecieron consumidas por algo sin determinar junto a sus respectivas almohadas. La policía dio cuenta al Ministerio de Sanidad y lanzó una llamada de ayuda al resto de países de la UE, por si alguno podía proporcionarles información sobre los casos de Malmö.

            Antonio Beres negoció primero y después firmó, la venta de su sociedad. Los nuevos propietarios, un importante Fondo de Inversión Europeo. Sus dirigentes decidieron mantener en activo a todo el personal, tanto directivo como de fabricación, almacenes, distribución etc. Sin embargo el nuevo director, al revisar con sus ejecutivos la plantilla de personal, encontró el expediente de Wenceslao Piñate. Preguntó al responsable de relaciones industriales y éste le respondió que hacía más de un año que el antiguo propietario le contrató, pero ni tan siquiera llegó a presentarse.

            Una mañana, la centralita del complejo Solo Descanso  recibe una llamada telefónica.

—Buenos días, dígame.

—Quisiera hablar con Antonio Beres.

—Lo siento pero ya no pertenece a la Empresa.

—¿Cómo?

—El Señor Beres vendió la fábrica con todas sus instalaciones. Ahora la detentan otros propietarios y nuevos trabajadores.

—Entiendo. Por casualidad no tendrá su número de teléfono ¿Verdad?

—No, no señor, lo siento.

—¿Podría hacerme un favor?

—Si está en mi mano.

—Necesito hablar urgentemente con él, sería tan amable de intentar localizar su número y facilitármelo.

—Podría intentarlo.

—Se lo agradezco mucho. ¿Cuándo vuelvo a llamar?

—A primera hora de la tarde.

—De acuerdo, gracias.

            La mayoría de los empleados al cabo de unos meses dejaron de trabajar, unos abandonaron por motivos de edad, otros incentivados por los nuevos propietarios y los menos al parecer, por muerte o desaparición.

            Obtuvo el número gracias al esfuerzo de la telefonista. Consigue ponerse en contacto con Antonio Beres en su tercer intento.

—Supongo que hablo con Antonio Beres.

—En efecto. ¿Y yo con quien lo hago?

—Wenceslao Piñate.

—¿Está vivo o es una broma?

—Estoy vivo. Escuche señor Beres, necesito hablar con usted personalmente.

—¿Sobre qué asunto?

—Su antigua fábrica.

—No tratará de reclamar su puesto de trabajo, si es así deberá hablar con los nuevos propietarios.

—No señor, nada de eso. Pero es importante. ¿No lee los periódicos o escucha las noticias?

—Lo lamento, pero no. Me dedico a lo que más me gusta y estoy completamente ausente de lo cotidiano y de mis antiguas ocupaciones. Siento no poder atenderle.

—Por favor, señor Beres, tiene una responsabilidad que no puede eludir, y espero poder ayudarle.

—¿Ayudarme en qué?

—En evitar que lo detengan.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Si no me escucha mandaré la información que tengo en mi poder a las autoridades.

—¿Está chantajeándome?

—No señor, solo quiero que me escuche personalmente. Nada más. Después será suya la decisión y por supuesto responsabilidad.

—De acuerdo. Mandaré a alguien a recogerle y le acompañe ¿Dónde vive ahora?

—Desde luego en mi antigua casa no. Pero será mejor esperar a su mensajero en algún lugar.

—Perfecto señálelo y dentro de dos horas alguien le traerá hasta donde me encuentro.

—Bien señor Beres.

            Wenceslao cuelga el teléfono, recoge las carpetas donde tiene acumuladas los recortes de las noticias surgidas a raíz de su descubrimiento. También retira copia de las investigaciones llevadas a cabo y sus resultados, y sobre todo, del informe redactado. Se despide de su mujer y tras darle una serie de recomendaciones, caso de no regresar en 24 horas, sale hacia donde debe recogerle el mensajero del señor Beres.

            Un automóvil negro con los cristales de las ventanillas tintados, excepto el parabrisas delantero, espera junto a los escalones del parque dedicado a Vicente Moro, investigador laureado por sus descubrimientos sobre la existencia de moléculas imposibles. Wenceslao adelanta sus pasos hasta el hombre parado junto al coche, pregunta si espera a alguien, a lo que le responde que a Wenceslao Piñate. Cuando se da a conocer, aquel abre la puerta y le invita a subir al coche. Para su sorpresa Antonio Beres le espera en el interior.

            Nada más acomodarse, el vehículo comienza a moverse despacio hasta enlazar con la autopista en dirección al aeropuerto. Al llegar salen, suben a un reactor privado y diez minutos después vuelan en dirección a una isla en el mediterráneo oriental. Antonio Beres no consiente hablar de otro tema que no sea la situación económica mundial. Le ofrece una bebida que Wenceslao rechaza. Aterrizan y suben en otro coche similar para desplazarse hasta una finca situada en el sur de la isla. Paran en un control realizado por dos guardias de seguridad provistos de armas largas y tras recorrer un camino asfaltado durante un tiempo, llegan a unas edificaciones blancas, similares a las del resto de la isla.

            Tras entrar en un edificio, caminan en silencio hasta una sala, no sin antes atravesar un pasillo donde unos focos con una luz potente y desconocida recorren de pies a la cabeza y de cabeza a los pies, todo su cuerpo. Oyen un pitido y ambos hombres entran en otra sala parecida a un laboratorio de investigación médica.

—Ya le presentaré al resto de sus compañeros. Ahora quiero que me cuente el motivo de su amenaza. Siéntese mientras tomamos algo de comer, estoy hambriento —señala Antonio Beres tras entrar en un gran despacho.

—No tengo apetito ni ánimos para comer señor Beres.

—Tranquilícese, no le ocurrirá nada, si es ese su temor.

—Mi temor es este —dice esparciendo recortes de prensa sobre la mesa.

—Estoy al corriente de cuanto viene ocurriendo —dice  al repasar superficialmente las notas de prensa.

—Me dijo que estaba aislado.

—Y lo estoy, pero me ocupo de informarme. Lo hice desde que acudió a verme a la empresa antes de mi viaje a Italia.

—¿Entonces sabe perfectamente lo que está ocurriendo?

—En parte.

—Pero ha permitido que continué sembrándose el pánico.

—Naturalmente. No puedo hacer nada.

—No entiendo.

—Mire, todos esos accidentes seguirán sucediendo hasta que…

—Por favor, señor Beres, haga el favor de explicarme que ocurre, no entiendo nada.

—Antes comamos algo y explíqueme como descubrió las moléculas imposibles.

—Yo no las descubrí, fueron ellas quienes se dejaron ver.

—Comprendo. Pero me dijo que estaban vivas.

—En efecto, y me gustaría saber cómo las incluyeron en la materia prima para fabricar almohadas. Han sido el medio propicio para la debacle originada.

—Espere, espere.

—Señor Beres, dígame por favor que hace en esta isla y con estos laboratorios.

—Escuche, no volveré a repetirlo, aunque por supuesto antes debe prometer que nada de esto saldrá de aquí.

—Desde luego, nada diré. Ya se lo prometí hace más de un año y no he faltado a mi palabra. ¿Por qué debería hacerlo ahora si estoy en sus manos?

—Voy a contratarlo, le pagaré un sueldo importante.

—Gracias, estoy muy bien sin trabajar para usted. Si firmo un contrato estaré obligado. Prefiero seguir como estoy. No me fío de usted. Entonces no me llamó, esperé y cuando regresé a mi casa, descubrí que los amigos a quienes deje mi casa mientras estábamos de vacaciones, habían muerto y precisamente como consecuencia de las almohadas que me regaló aquel día.

—No fue mi culpa. En aquellas fechas, no sabía que las moléculas imposibles formaban parte de las almohadas. Además, fui a su casa y la policía dijo que usted y su mujer habían muerto. No pude hacer nada y me olvidé del compromiso, no podía cumplirlo.

—¿Cuál era su intención?

—La misma que ahora, intento descubrir que son. La manera de destruir esas moléculas imposibles. Esa es la razón de estos laboratorios y por supuesto mi esfuerzo económico.

—Pero ha vendido la fábrica y los nuevos propietarios siguen vendiendo almohadas y colchones con esa molécula.

—En efecto siguen vendiendo, pero no con ella. El silo de acero que contiene la fibra de donde nos surtíamos lo retiré antes de vender la empresa al Fondo de Inversión. Lo tenemos en una nave de este completo, a buen recaudo y controlado debidamente.

—¿Entonces que persigue?

—La forma de destruir la molécula. Hemos advertido que al contacto con el calor, toman vida y se multiplican.

—Eso es lo que aquel día le llevaba. Es lo que tengo en este informe —dice ofreciéndole una copia.

—Gracias, supongo que sus análisis estarán trasnochados, nuestros sistemas son más avanzados que su laboratorio particular.

—De acuerdo. ¿Qué han conseguido hasta ahora?

—Las moléculas imposibles toman vida después de almacenar el suficiente calor interno para eclosionar, sin él no pueden hacerlo. Nuestros analistas han intentado crear cultivos en diferentes medios y bajo condiciones diferentes y extremas, tanto en frío como en calor y esperan conseguir su destrucción. El otro campo que analizamos es la utilización de las moléculas H conocidas como eliminadoras.

—Las conozco. En Pindolin las utilizábamos para eliminar contaminantes en las aguas y verterlas a la red de residuales exentas de elementos indeseables.

—Bien, entonces que debemos hacer con usted ¿Insistir en contratarle? O ¿trabajará durante un tiempo con nosotros de forma voluntaria?

—Creo que optaré por la segunda opción, pero únicamente durante tres meses. Utilizaré mis estudios y bases. Semanalmente nos reuniremos para comentar los avances obtenidos. Si transcurridos ese tiempo encontramos satisfactoria nuestra mutua colaboración, hablaremos de contrato.

—Ahora por favor comamos algo, estoy a punto de desmayarme.

—De acuerdo.

            Wenceslao llama a su esposa por teléfono para tranquilizarla. Le da la dirección donde se encuentra y el número de Antonio Beres. Trata de calmar su inquietud, en aumento desde que abandonó Málaga.

            Transcurre la primera semana en aquel centro.

            Mientras Wenceslao trabaja casi todas las horas del día, excepto algunas que utiliza para descansar en una cama, sin almohada de la marca Solo Descanso, las notas de prensa van en aumento. Todas referidas al importante número de personas que desaparecen sin dejar rastro, alguno dejaba, una considerable mancha blanquecina sobre el colchón donde habían dormido y la inexistencia de almohada alguna. Nadie en el mundo donde se vendían los productos, achacó o sospechó que solo las almohadas eran portadoras de moléculas imposibles, asesinos minúsculos, silenciosos, constantes, casi invisibles y siempre al acecho.

            En la última reunión celebrada en la sede europea de la INTERPOL, se toman una serie de medidas, vistas las conclusiones a las que llegan una serie de inspectores de investigación criminal en diferentes países. Pedirán a los países productores de almohadas con fibras el cese en su fabricación, solo hasta que una comisión de sabios, determine si aquellas son las culpables de tan nefastos acontecimientos.

            Algunos discípulos de Vicente Moro se citan para conjeturar sobre si pueden o no, ser artífices de lo ocurrido las moléculas imposibles descubiertas por el profesor. Todos llegan a una conclusión, que aquellas solo destruían tejidos multicelulares, así lo había demostrado antes de fallecer como consecuencia de su exposición a ellas. Consecuentemente nada les impide asegurar, a la vista de cómo encuentran a los desaparecidos, que aquellas moléculas no atacan estructuras hechas de madera, metal o materiales similares, pero solo era una hipótesis. Cuando analizan las fibras de las almohadas y comprueban que estas se componen de diferentes moléculas, una de ellas capaz de contener en un medio salino, parte de un código proteínico, principio alimenticio necesario para la supervivencia de las imposibles, vuelven a reunirse para dar el informe definitivo que permite de nuevo la fabricación de almohadas, una vez retirada la fibra portadora.

            Los avances en la propiedad isleña de Beres, son mínimos por no decir nulos. Tres son los meses que Wenceslao se mantuvo allí sin ver a su esposa, a quien echaba de menos cada día. El temor a una respuesta indebida que molestara a Beres impidiéndole salir de aquel recinto, hizo de él un hombre silencioso, trabajador incansable y poco mordaz, a la hora de comentar cualquier extremo con su patrocinado.

            Llegado el vencimiento del plazo dado, ambos hombres se reúnen.

—He decidido continuar —dice Wenceslao— puede prepararme el contrato, lo firmaré a mi vuelta. Necesito salir unos días y estar con mi mujer, quiero que se mude a una población cercana la isla, así podré salir de vez en cuando.

—Me parece bien. Entonces pase por el despacho de relaciones industriales, firme el contrato y le pagaré por todo el tiempo que ha trabajado para nosotros.

—Muy agradecido Señor Beres.

—A usted ¿Ahora me gustaría saber cómo ve nuestros procesos?

—No soy el responsable de ellos, si lo fuera, tal vez cambiaria algunas cosas. Se avanzaría más.

—¿Por ejemplo?

—He visto una cámara de grado en el laboratorio que no han utilizado nunca.

—¿Cómo?

—Esa cámara puede mantener el elemento a una temperatura igual a la existente en el espacio exterior de donde supuestamente vino, para luego volcarse hasta conseguir la temperatura más alta, similar a la producida por un cuerpo que al chocar con nuestra atmósfera y mantenerla en constante aumento hasta su volatilidad. Aunque debemos tener mucho cuidado en su uso.

—¿Esos datos están en su informe?

—Desde luego.

—Se los pasaré al jefe de laboratorio. A su regreso nos reuniremos y lo analizaremos.

—Entonces si no le importa saldré para estar unos días con mi esposa.

—Claro. Lo tiene merecido. Pasemos a firmar y le entregaré el cheque, puede cobrarlo en Málaga.

—Gracias señor Beres.

            Wenceslao recoge algunas anotaciones manuscritas después de guardarse el talón con una cifra de más de seis ceros. Guarda todo en un maletín y se despide de Antonio Beres. Un coche le lleva hasta el aeropuerto. Espera unos minutos para subir al avión, y cuando lo hace y comienza a volar por encima del Mediterráneo, da un suspiro de satisfacción. Cuatro asientos detrás, un hombre le observa despacio, tranquilo y satisfecho mientras en sus manos lee la siguiente noticia en un periódico.

Un trasatlántico llegó a la ciudad de Barcelona sin ninguno de sus tripulantes y viajeros. Todos, incluido el capitán desparecieron en alta mar nada más salir del puerto de Génova. Un tripulante que al parecer dormía en una hamaca colgada en uno de los camarotes de tripulantes, fue el único que sobrevivió consiguiendo dar la alarma a través de la radio. Al parecer cuatro navegantes y un oficial de la armada, fueron desembarcados en el buque mediante una operación con helicópteros. A partir de ese momento el temor a que éste chocara contra el dique de entrada al puerto de Barcelona, remitió. Poco antes de llegar, el Práctico se hizo cargo del buque y el armador, de la situación posterior. En estos momentos declara ante el Juzgado que se ha hecho cargo por la desaparición de 650 personas.

            Lo primero que hace al pisar la terminal es comprar un teléfono móvil idéntico al que tiene. Traspasa la agenda y tarjeta y tira el antiguo, que teme pueda estar controlado por Antonio Beres. Se acerca a la barra de una cafetería pide un café y llama a Virginia, su esposa.

—Estoy en Málaga, quiero verte, pero no en casa, espérame junto al …

—De acuerdo. Un beso.

            Mira a ambos lados y comprueba que en efecto, Antonio Beres le ha puesto un perro guardián. Toma el taxi, le da una dirección y cuando llega, baja, espera a la hora indicada a Virginia. Lo hace caminando hasta llegar a la pasarela que cruza la avenida Primero de Mayo. Sube rápidamente las escaleras, pasa corriendo la pasarela y baja por el extremo opuesto. Abajo y muy cerca, escondido junto a otros dos vehículos, se encuentra Virginia al volante del suyo. Corre y entra casi sin aliento. Virginia arranca y cuando comprueba que nadie les sigue, besa a su marido de refilón, sin abandonar la mirada al frente del coche.

—¿Dónde vamos Wence?

—A la Jefatura de la Policía.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—¿Qué ocurre?

—Te lo contaré cuando lleguemos a casa.

Una vez en la comisaría.

—Les esperábamos, su esposa nos lo señaló por teléfono —dice el comisario al verles entrar.

—¿Tienen todo dispuesto?

—Desde luego.

—Entonces no perdamos tiempo.

            Suben a sendos coches camuflados de la policía y salen a gran velocidad del garaje de la comisaría. Atrás dejan la ciudad, entran en la autopista y al llegar al kilómetro 65, se apartan de ella, entran en una carretera secundaria y ruedan hasta un apartado cortijo. Tras los edificios esperan tres helicópteros con sus aspas moviéndose. El comisario los acompaña hasta uno de ellos. Wenceslao saluda a dos antiguos compañeros, discípulos de Vicente Moro como él, se ajustan los cinturones. Poco después uno a uno los helicópteros van elevándose hasta llegar a la altura de crucero y avanzar en línea recta hasta aterrizar en una base aérea. Allí se introducen en un avión que espera con las turbinas encendidas y cuatro horas después se sientan en la sala de un edificio anexo al Parlamento Europeo.

            Virginia y el comisario que los acompañan, se sientan en unas butacas alejadas de la mesa donde Wenceslao y otros muchos investigadores presiden la reunión. Detrás de ellos una pantalla, y en la mano de uno de los presentes, una caja de cristal de dos centímetros de anchura donde han conseguido introducir un buen número de moléculas imposibles. Uno a uno informa dejando para el final el informe que mentalmente lleva Wenceslao Piñate.

—Como mis compañeros han adelantado superficialmente y no han querido ampliar, nuestro profesor Vicente Moro, descubrió hace años lo que él llamó moléculas imposibles. Estos elementos, pues así debemos llamarlos, dada la imposibilidad de  determinar su procedencia, son producto del resultado de la fusión de parte de composiciones moleculares caídas del espacio exterior con elementos de nuestro planeta, al que se añaden una serie de circunstancias aleatorias imposibles de predecir. Permanecen estables hasta que despiertan inusitadamente. Van a permitirme hacer algo de historia. Yo descubrí estos elementos de manera casual e inesperada, lo comenté con mis compañeros e inmediatamente presenté mis temores al propietario y fabricante de la marca de almohadas Solo Descanso. Según he podido averiguar en estos tres últimos meses, que no le deseo ni a mi peor enemigo, el señor Beres también descubrió que algo se movía en las muestras de fibra observadas en el laboratorio de su fábrica. Cuando me ofreció trabajo, me regaló dos almohadas, creyó que sucumbiría junto a mi mujer, pero casualmente nos fuimos de vacaciones y unos amigos ocuparon nuestro hogar. Ellos murieron en nuestro lugar. Luego contacté con quienes me acompañan en esta mesa y juntos trazamos una línea de actuación. Cada uno trataría de averiguar el medio de eliminar esos elementos. Por mi parte debía meterme en la boca del lobo, como así hice.

—¿Entonces es allí donde tiene el núcleo de las moléculas imposibles?  —oye preguntar a un personaje sentado frente a ellos en la sala.

—En efecto, allí está. Tuvimos suerte cuanto retiró el silo y lo llevó a su isla.

—Entonces —insiste el personaje— solo debemos permitir que alguno de nuestros cazabombarderos deje caer una carga de fusión para eliminar el complejo y, todo habrá acabado.

—Lo siento señor. No es tan fácil. Esas moléculas se auto alimentan con el calor, se multiplican y sobre todo aumentarían su tamaño de entrar en contacto con el agua de mar, por otro lado salina. Sin contar con la pérdida de mucha gente inocente.

—Eso no debe preocuparnos, él ha matado a muchos más.

—Lo sé, pero no debemos ponernos a su altura y disculpe, pero no quiero entrar en esa polémica, me limitaré a darles nuestro criterio. Las autoridades sabrán como eliminar esa terrible amenaza.

—De acuerdo, prosiga, disculpe mi intervención.

—En los laboratorios no están, como dijo, intentando eliminarlas, al contrario, simplemente analizan la forma de que esas moléculas imposibles, eliminen cuanto se les ponga por delante. De momento han conseguido eliminar todo tipo de residuos, como hace nuestra molécula H, pero a mayor escala y poder. Diríamos que si un buque petrolero descargara en un puerto toneladas de crudo, esas moléculas podrían eliminar y limpiar el lugar en menos de media hora. Aunque desconocemos que resultado podría acarrear posteriormente.

—¿A qué se refiere?

—Si como creemos se auto alimentan, es posible que asuman o identifiquen en su composición los elementos necesarios para seguir destruyendo todo el crudo existente y lo que eso conllevaría.

—Comprendo.

—Es necesario destruir la base. Se encuentra en una nave al sur del complejo, separada y controlada por cientos de cámaras y guardias de seguridad.

—Según leo en su informe, le ofreció una idea, bajar la temperatura y subirla en un corto espacio de tiempo, pasar de menos cero extremo a más miles de grados extremo.

—En efecto, si metieran una muestra en una secuencia como esa conseguirían destruirla. Espero que mis compañeros lo hayan conseguido, de lo contrario estaremos perdidos. Bien. Solo tendremos una oportunidad, debemos inundar la zona X de las moléculas imposibles con un elemento ácido, solo así conseguiremos su eliminación.

—¿Están seguros?

—Todo lo seguros como esperanzados estamos. No sabremos el resultado final hasta hacerlo. Las pruebas realizadas en laboratorio dieron ese resultado positivo. De todas formas hemos confeccionado un informe donde aparece que deben hacer y que no, deberán seguirlo escrupulosamente, de lo contrario podríamos desaparecer.

—De acuerdo, tomamos nota de cuanto han dicho. Ahora queda en nuestras manos y sepa que sabremos comportarnos como espera todo el mundo.

            Wenceslao saluda a sus compañeros. Seguidamente a una serie de personajes que le presentan y no conoce, quienes le felicitan por el esfuerzo realizado en esos tres meses, cruciales para entender la amenaza surgida como consecuencia de la caída de un meteorito en un silo de fibra para confeccionar almohadas.

            Cuatro días después una flota rodea la isla, cierra el espacio aéreo y desembarca deteniendo a todos los habitantes del complejo de Antonio Beres. Poco después veinte aviones cargados con un compuesto acido rociaron desde el aire la totalidad del complejo. El silo con las moléculas imposibles fue bombeado desde un vehículo en tierra.

            Antonio Beres fue juzgado y encerrado en una prisión de Málaga, su ciudad natal, y sus bienes cedidos a la Fundación Vicente Moro. Wenceslao y su mujer regresaron a su nuevo domicilio. Tranquilos y confiados en el futuro, ahora despejado con su actuación, continuaron con su vida normal. Salieron de vacaciones a un rincón alejado del trajín de una playa concurrida. Tomaron el sol, comieron y se retiraron a echar la siesta.

            Hace calor, por lo que ambos consideran necesario dormir despojados de todo tipo de ropa, se abrazan, besan y conjugan el verbo amar con intensidad, después caen en un intenso sopor que les lleva a cerrar los ojos. Cuando él despierta se pone un pantalón y al acercarse a la ventana comprueba que el sol aún brilla. Avanza con su mirada hacia la playa y se sorprende al ver correr a la gente, alejándose de la playa. Abandonan sus pertenencias, agarrando a los niños con fuerza y huyendo de aquel sitio. Detrás el mar, o al menos lo que supuestamente es el agua.

            Aquella masa no es azul, ni verde. A las olas les cuesta descargar rizadas en la playa como tantas veces ha visto. El conjunto es blanquecino, lechoso, y las olas descargan cubiertas de un chapapote que no las deja respirar ni lanzar espuma. A una cuarta por encima de la cresta, miles de puntos se mueven como si de un enjambre de mosquitos se tratara, solo que blancos. Pronto la gente ha desaparecido y aquella masa se aferra a la playa para, en muy poco tiempo, superarla arrollando cuanto encuentra a su paso. Frente a ella desparecen los dos chiringuitos que puede ver desde la ventana donde mira sorprendido. Piensa subir a la terraza, lo hace inmediatamente, olvidándose de Virginia que parece dormir plácidamente. Lo hace deprisa, encaramándose al saliente de la terraza sobre el piso decimoquinto. La masa blanquecina supera cuanto encuentra a su paso que sucumbe a los millones de moléculas imposibles que avanzan desde el Mediterráneo. Edificios, plantas, coches, planchas de obras, señales de tráfico. Todo cuanto encuentra es devorado mientras los millones de esas moléculas aumentan en número y también de tamaño.

            Se asusta. Decide bajar corriendo, recoger a Virginia y huir de allí como lo hace el resto de gente. Mientras intenta adivinar que ha motivado esa situación. Asoma una idea a su mente, los dichosos militares posiblemente no siguieron el protocolo, debieron lanzar una de las bombas que funden hasta la tierra y lograron que aquellos minúsculos elementos se auto alimentaran y modificaran su estructura. Luego el mar, caldo salino, ideal para multiplicarse, debió hacer el resto. El resultado es lo que ve. El desastre, la aniquilación total.

            Abre la puerta de la vivienda y corre hacia al dormitorio. Virginia esta tendida, va a llamarla. Descansa sobre el lado derecho, la zarandea y al hacerlo se mueve con el cuerpo recto sobre el colchón mirando al techo. Se fija en su rostro, ha desparecido, al igual que la almohada, apenas le queda facciones que certifiquen es Virginia. Ve a las moléculas bajar por el cuello a una velocidad endiablada, haciendo desaparecer cualquier resto hasta convertir el cuerpo de su esposa en esqueleto. Intenta llorar pero no le salen lágrimas. Lentamente se acerca al baño, quiere saber la razón, y no es otra que sobre él, también avanzan inexorables las moléculas imposibles. Sus ojos solo son dos globos dentro de sus orbitas, sus facciones también han desparecido, solo los huesos asoman cubiertos de sangre. Siente una risa crispada y mencionar su nombre, cree se trata de la de Antonio Beres, desde la celda de su prisión mofándose de él.

            Wenceslao se aleja del baño para acercarse a la cama, se tumba al lado de Virginia, toma su mano y con un esfuerzo desconocido trata de dar un último e inútil beso de despedida a su esposa. Luego siente un sopor y oscurecerse cuanto le rodea.

            Wenceslao siente un golpe seguido de un zarandeo. Abre los ojos y allí está Virginia, su mujer diciéndole.

—Despierta Wence.

—He tenido una pesadilla.

—Ya lo creo.

—Ven, vamos a la ventana, quiero ver el mar, la playa y la gente.

—Te invito a dar un paseo y a un helado de leche merengada.

—No cariño, prefiero uno de fresa y chocolate, no quiero nada lechoso.

            Virginia se viste y pide que también lo haga Wenceslao. Poco después pasean por la playa con un helado en la mano, sonriendo y besándose de vez en cuando.

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